Cuatro lados

Hipócrita. Una palabra ignorada por el joven  “Rayón”. Al menos eso reflejaba su cara al escuchar tan extraño vocablo el otro día en la estación. “Rayón” era un muchacho delgado de diecisiete años que vivía en las calles desde hace buen tiempo, quizás unos diez. Por increíble que lo parezca ni el mismo recuerda su verdadero nombre, debiendo  su apodo a una mancha en su barbilla cuyo origen es completamente desconocido.

Muchos comentan que el joven fue a parar por aquellos rumbos después de que sus padres fallecieron en un accidente de tránsito una tarde de abril. Otros dicen que escapó de la muerte después de la tragedia del “incendio del orfanato” donde veinticuatro niños no tuvieron la misma suerte. Sea cual sea el caso, la muerte parece haber sido una de las conspiradoras detrás de su despojado paseo por la vida.

A pesar de todo, “Rayón” no se encontraba del todo solo. Martín, otro joven de su misma edad, es su amigo inseparable. Estos se encontraron por primera vez alguna mañana de marzo. Esto ocurrió cuando ambos buscaron refugio de la lluvia cerca de un campus.

Ese día, Martín se encontraba recostado en una pared,  observando en el piso como las gotas de lluvia caían y caían, como cuando observamos como pasan los segundos en un viejo reloj. Con su típica expresión de “pocos amigos” cualquier persona hubiese pasado de largo su presencia si no fuera por sus pobres vestimentas. Ya fuese el destino o simplemente una coincidencia ambos jóvenes sucios, mojados y vestidos con ropajes gastados lograron armonizar de inmediato.

Desde ese mismo día, a los dos jóvenes podía vérseles juntos por las calles. “Rayón” siempre tenía un paso largo y apresurado que si agregábamos una pequeña diferencia de estatura hacía que fuera el primero en sobresalir de los dos. Por otro lado Martín, caminaba con pasos más pequeños y las piernas un poco separadas, como cuando se observa a un pingüino caminar.

Las calles realmente eran un lugar difícil para vivir. Por mucho tiempo, “Rayón” se la pasó viajando por la ciudad, de lugar en lugar, buscando un lugar donde refugiarse. Similar a cuando una pequeña familia inicia su vida en una nueva casa, Martín le ofreció vivir junto a él y a su hermano. En uno de los suburbios habían encontraron un lote donde yacía una “casa” abandonada.

Esta pequeña morada consistía en cuatro paredes que al parecer eran lo que quedaba de una antigua construcción  de madera, esto ya que la abundancia de comején, cucarachas y ratas delataban que esta tenía años de estar allí. Aquel lugar de “cuatro lados” era realmente acogedor.

El compartir el mismo techo hacía que esta pareja de amigos pasara aún más tiempo juntos. Todos los días salían a la calle a ver como sobrevivían un día más. A pesar de que muchos jóvenes callejeros se dedican a la venta de drogas o robar, particularmente estos dos eran jóvenes honestos que se ganaba la vida a punta de trabajos callejeros. Cuidar carros, betunar zapatos, reciclar latas o pedir dinero eran parte de las actividades de todos los días. Curiosamente, aunque la convivencia era prolongada, rara vez estos dos compartían comida y cada uno se las ingeniaba por encontrarla por su lado.

Por otra parte, la astucia de “Rayón” era realmente sobresaliente.  Muchas veces en un día, lograba conseguir más trabajos y tener mejores resultados que Martín. Esto hacía que los ingresos que este tenía fueran mayores. Sin embargo, “Rayón” no era egoísta y compartía algunos trabajos con Martín. De hecho esta acción hacía que “Rayón” se sintiera bien consigo mismo.

La convivencia entre estos dos parecía que iba bien. De hecho si alguien hubiera tenido que apostar su dinero, lo hubiese hecho a favor de que las cosas marcharían bien. No había señal de que nada anduviera mal. Pero cierto día las cosas empezaron a cambiar.

Habían pasado ya varios meses desde que “Rayón” se había establecido en aquel lugar. Martín, que solía despertar a “Rayón” para salir juntos hacia la rutina de todos los días, ya no lo hacía. En las noches cuando llegaba a descansar se metía en una caja enrollado de cobijas y no decía una palabra. Esto realmente preocupaba a “Rayón”. Era difícil pensar que su amigo de las calles se encontraba molesto con él, incluso sin saber la razón.

Para colmo de males, aquel improvisado lugar donde vivían se había vuelto un tanto popular entre aquellos que también buscaban refugio donde vivir. Para un mes de enero ya no vivían tres personas sino siete. Esos cuatro nuevos inquilinos se trataban de una muchacha y tres hombres que al parecer eran familia. El hermano de Martín les había ofrecido un lugar para vivir puesto que también se encontraban sin hogar.

Las cuatro paredes pronto se obligaron a contener a siete personas diferentes entre sí. “Rayón” por su parte seguía en una esquina totalmente opuesta a Martín. Estos no se hablaban desde hace un tiempo ya. “Rayón” había logrado conseguir un poco más de dinero por día, y lo había empezado ahorrar secretamente detrás de una tabla de las cuatro paredes.

Para el mes de julio las cosas cambiaron drásticamente. “Rayón” salió como de costumbre a trabajar desde temprano, ese día pintaba nubes grises como cuando el cielo avisa que caerá un gran diluvio. Martín por su parte no se tomó la molestia de salir, así como tampoco su hermano. La verdad parecía como que ellos habían pronosticado esa tormenta.

No pasaron muchos minutos cuando “Rayón” pensó que con esa lluvia el panorama para ese día no prometía absolutamente. Así que tomó el camino acostumbrado hacía lo que él consideraba hasta ahora su dulce hogar. Indescriptible fue su sorpresa cuando al llegar no encontró a ninguno de los dos hermanos. Era un tanto extraño puesto que no los observó en el camino de regreso. Como se iban a evaporar dos personas de la nada. No podían haberse ido por otra dirección puesto esto llevaba fuera de la ciudad.  Aún más extraño es que las cosas sin valor pero personales que cada uno de ellos tampoco se encontraban.

Confundido por la situación “Rayón” notó que la tabla donde guardaba su dinero se encontraba suelta en medio de la habitación. Después de ello sus ojos vidriosos no podían creer lo que veía, al parecer el dinero que había logrado ahorrar no estaba en aquel lugar.

Fue entonces cuando “Rayón” trató de buscar una palabra para describir a Martín. Mil palabras vulgares y ordinarias se le venían a la cabeza, pero ¿cómo denominar a una persona falsa y traicionera, una persona en la cual había confiado?  Seguramente algún estudioso de las lenguas sabría la respuesta.

Ese día en particular fue cuando el cielo llovió en abundancia. Llovió fuerte y no paró. No paró, no cesó  hasta que el cielo se quedó sin agua. Se quedó sin  agua, sin dinero y con 4 desconocidos.

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