La difunta lagartija

Es curioso observar cómo la gente suele verse en el espejo tan a menudo.

A veces lo hacen durante largo tiempo como si trataran de cambiar lo que ven. Es más algunos  como sino creyeran la imagen que este refleja.  En mi caso, ya sea para bien o para mal, no soy de los partidarios a esta afición. Sin embargo, cuando uno de esos endemoniados objetos aparece frente a mí, confieso que suelo ver siempre la misma figura. Una silueta robusta, más no atlética, es lo primero que se logra apreciar. Conforme me acerco, se logra exhibir una piel morena con una cabeza ligeramente amplia. Si me fijo más a detalle unos ojos oscuros salen a relucir junto a una boca gigante con una sonrisa escondida. No es extraño que de pronto pegue mi nariz redonda en el espejo, pues suelo ser un poco torpe. Esa imagen lleva conmigo alrededor de veinticuatro años, o al menos desde que logre interpretar que esa imagen del espejo y otras plasmadas en papel encajaban.

 

Si yo fuera en realidad bueno en eso de describirme a mí mismo lo primero que diría es que no suelo ser muy extrovertido. Muchas veces logro sentir como si las palabras se quedaran dentro de mi cabeza por acción de alguna clase de red metálica. ¿Me habrán dejado caer mis padres a temprana edad, teniendo por ello una placa situada allá arriba? La verdad creo que sería una buena explicación a ese misterio. Lo segundo que puedo decir es que soy “buen chico”, con las ventajas y desventajas que eso conlleva. Supongo que eso si se lo debo enteramente a mi educación familiar. Y por último, dejando los demás a tributos a quien los quiera adivinar, diría que soy tremendamente apasionado con la música romántica. Muchas veces no estoy seguro si ella tiene vida propia y por cosa del destino tuviera la llave de la red metálica, porque penetra hasta lo más profundo de mi cabeza.

 

-“Christian, dejá de hablar solo”, dijo una voz femenina al fondo del corredor. Esa voz ronca se trataba de mi madre que se había asomado a la puerta del corredor, pues me veía balbuceando palabras desde hace un buen rato.  Pero la verdad esa afirmación me tuvo sin cuidado.

 

-“Yo no estoy loco para hablar solo”,  pensé mientras seguía con mi conversación.

 

Antes de que me interrumpieran drásticamente, decía que yo era ante todo un “buen chico”. Mi vida había transcurrido tranquilamente en un vecindario alrededor de los límites del “centro” de la ciudad. Por ser de una familia de clase media, a la cual nunca le falto el dinero, mi familia nunca puso un “pero” para mi educación. Así que logré terminar satisfactoriamente mi educación escolar y colegial.  Claro en ese momento de mi vida pensaba que era el mayor logro que había alcanzado en mi vida. Pero como al parecer, la educación no terminó allí puesto que pronto vi la oportunidad de ingresar a la universidad.

 

El solo pensar en tener un título profesional hacía que mi mente navegara, libre y descontrolada, por un amplio mar atormentado. Ese fue el día en que el oportunista y tentador pensamiento académico entró en conflicto por la exaltación, con más ni menos, que la poderosa y penetrante música romántica. Y desde ese día supe que ya tenía dos grandes gigantes peleando por mi pasión.

 

Sin embargo, algo dentro me decía que el camino hacia la universidad no era nada fácil. Debo confesarlo la duda me entró un par de veces. Habría que realizar muchos sacrificios puesto que debía dejar el tranquilo vecindario en que crecí. Así que en son de broma me dije a mi mismo, ¿acaso el camino no resulta más ameno con música? Fue así como el día en que fui  a gestionar mi ingreso a la universidad, los dos gigantes hicieron las paces mientras escuchaba música durante el viaje de ida.

 

-“¡Christian loco!”, me gritó mi papá desde dentro de la casa, supongo que estaba en la sala.

 

¿Que acaso una persona no puede recostarse en el corredor un sábado por la tarde? ¿Y si en realidad no estaba sólo?, la gente se apresura mucho en sacar conclusiones creo yo.

 

De hecho la tarde estaba llegando a su fin, por lo que las nubes en el cielo parecían pastos incendiados por alguna clase de fuego ardiente. Era un buen día para pensar. En mi caso, debo admitir que no siempre me tomo el tiempo para hacerlo, por lo que el día de hoy pareció ser la excepción.  Debo admitir que a veces en ese proceso de pensar me dejo llevar por tratar de escuchar una que otra melodía que suena en algún lugar de la casa.

 

– “Hoy necesito más de ti, que del agua para vivir…”, sonaba en la primera habitación de la casa. Pues claro, el hábito de la música de ese tipo en particular no había nacido solo. Mi hermana compartía los mismos gustos, por lo que solo había dos explicaciones, o ella me ponía la música para dormir cuando era pequeño o se trataba de una enfermedad genética compartida.

 

No siento que haya perdido la tarde. De hecho esto de reflexionar no esta tan mal. Creo que me está faltando algún tema por abordar. No creo que lo esté esquivando o quizás sí. ¿Que si esas canciones que escucho tienen dueña? No, no es así. En cuestiones de amores siempre he sido un soñador, un eterno enamorado del amor. Claro que a mis veinticuatro años he tenido novia, de hecho han sido más de un par.

 

Mi “primer amor” fue a la edad de quince años, fue una joven sonriente, de pecas y de estatura un poco más pequeña que yo. Solíamos sentarnos a conversar y una vez discutimos acerca de lo que era la juventud y como la percibíamos.

 

–“Yo quiero ser joven por siempre”, me decía. “Quisiera poder verme correr por los campos libre a la edad de noventa años como lo hacen los niños”.

 

Después de una sonrisa, yo en cambio con una idea completamente distinta agarre una hormiga y le dije:

 

-“Cuando era un niño solía jugar con una que otra de estas, así que quisiera que a los cien años no me fallara la motora fina para volver a hacerlo”, le dije sin mucho pensarlo.

 

Después del comentario que creo fue un poco abstracto y absurdo, me abrazó. Después de un tiempo, al parecer el destino pareció querer apartarnos, por lo que aquí calzaría más de una de esas canciones de las que tanto hablo.

 

Ya el sol se escondía por lo que las sombras se aproximaban poco a poco. De pronto sentí una figura avanzando hacia mí.

 

-“¿Con quién está hablando?”, me dijo mi hermano mayor tocando mi hombro.

 

Después de pensar en esa pregunta, sentí como si alguien me sacudiera y sacara de largo sueño. Instantáneamente, miré hacia abajo y encontré el cadáver de una lagartija a mi lado. Parecía que había olvidado que desde un principio en realidad parecía que le hablaba a ella. La sugerencia de que me tomara un tiempo para pensar por parte de mi hermano había funcionado puesto que ya era de noche. Creo me dejé llevar al utilizar el fallecido reptil como oyente, aunque fue perfecto en el papel pues me ayudó con mis pensamientos sin decir una palabra.

 

Volví a mi mismo y dije:

 

-“¡A nadie, a nadie!”, le dije a mi hermano que me miraba extrañado. “Solo pensaba como me dijiste que hiciera, antes del gran día”.

 

Después de eso sentí que mi tiempo de pensar había sido ultrajado. Para entonces ya me dirigía hacia adentro de la casa dejando atrás aquel cuerpo putrefacto. Qué bueno es pensar me dije a mí mismo. Por fin estoy listo para mañana, es el gran día, por fin entro a la universidad…

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