La Rosa y el Diario

Ella era la única que podría reflejarse en mis ojos. Una palabra, un gesto, una sonrisa furtiva. No solía pedir nada más que un rayo de sol  iluminando su cabello. Ella existía y por esa razón yo también lo sentía posible. Las tardes se pasaban lento esperando el sonido de ese aparato eléctrico que nos permitía comunicarnos.

Cada fin de semana era la ocasión para el encuentro. Reuniones sociales fueron la excusa perfecta. Los sonidos que nos rodeaban parecían no ser percibidos por nuestros ensordecidos oídos. Incluso nuestras propias palabras parecían no provenir de nuestra boca sino del corazón. Aún así el mover de sus labios me hacía sentir escalofríos.

Todo empezó una mañana de Noviembre. Ese día parecía uno cualquiera puesto que el sol salió temprano como de costumbre. La sensación de conocer gente dejando de lado la monotonía provoca como siempre cierta exaltación. Hasta ese día un simple joven como yo nunca tuvo ninguna premonición de la venida del amor. Ninguna experiencia igual o similar hubiera pasado de largo. Detrás de mí, a tan solo pocos centímetros estaba la flor más bella que había visto pero aún no lo sabía.

Las horas de ese sábado transcurrieron lentamente. Nuestras miradas aún no se encontraban al llegar el mediodía. Al parecer curiosamente a veces necesitamos de un pequeño acontecimiento que nos abra los ojos a la existencia de otro ser que se encuentra a nuestro lado. Llamándolo destino o como quieran nombrarlo, ese suceso ocurriría en horas de la tarde. Un pequeño animal se había colado en nuestra pequeña reunión. Una hormiga minúscula, negra y plateada llamó mi atención. Cualquiera hubiera dañado al animalejo pero lo conservé en un frasco. Esto pareció llamar su atención.

Eso fue el comienzo. A veces parece que esto fuese algo irreal. Para entonces nuestras miradas parecieron encontrarse, poco me importaba ya el pobre animalejo encerrado. Lo siguiente fue acercarnos, unos minutos después ya conocía su nombre. La hermosa figura había adquirido identidad. Después de presentarnos y un par de sonrisas después, conocí su procedencia de un pueblo lejano. Y para el final de la tarde cuando el sol se reflejaba en sus ojos pedí su número para contactarla. Debo admitir que no solía hacer esto tan frecuentemente, ¿a quién engaño?, nunca lo había hecho.

Para comienzos de la semana siguiente, ya me encontraba escuchando su voz del otro lado del teléfono. Sus palabras eran realmente hermosas. Su voz alegre pero tímida, me hacía dibujar una amplia sonrisa. ¿Qué pasaba? Me sentía extraño pero esta enfermedad me gustaba. Esa ocasión fue que conocí al amor o él me conoció a mí. Para el final de la semana ambos nos teníamos a nosotros mismos en nuestras propias mentes.

Las semanas pasaron, cada fin de semana volvía a ver sus ojos, su sonrisa. Hablábamos cada vez más cerca, reíamos juntos y nos despedíamos con la promesa de vernos otra vez. Durante la semana nos llamábamos cada día, horas tras horas, durábamos contándonos sobre nuestras vidas. Debo admitirlo estaba ilusionado, me sentía vivo y ninguna otra cosa importaba. No importaba más que lo que pasara o pensara MI NOVIA.

Para diciembre los vistazos de los fines de semana acababan. Esto puesto que el curso al que asistíamos llegaba a su final. La idea de verla llegar y que se marchara no me gustaba en lo absoluto. Pero como quien no piensa en el final de un hermoso sueño, prometí que la vería aunque tuviera que viajar por tierra, aire o mar.

Pronto me vería yo viajando durante horas para ver sus pecas y sus camanances. Cuando llegué a su tierra por primera vez aventurándome en un paisaje desconocido con gran valentía, la encontré sentada en una banca de la plaza. Su mirada de incertidumbre o duda de que mi presencia fuera real pronto se disipó al verme sentarme a su lado.

Curiosamente, tenía en sus manos un objeto que no reconocí de momento. Se trataba de un diario o agenda sobre la cual escribía algunas palabras. Pronto apartó sus páginas de mi vista al ver la rosa que le entregaba. A pesar de su hermosa apariencia, esta flor no le llegaba ni a los talones a mi hermosa muchacha. Nos dispusimos a pasear por los alrededores del pueblo.

Para el final de la tarde nos encontrábamos cara a cara. Estábamos tan cerca que podía observar mi reflejo en sus ojos. Nervioso, asustado pero decidido, nos dimos el beso de amor más fuerte que nunca antes haya experimentado. En ese momento realmente nada pero nada, absolutamente nada podía hacerme más feliz. Realmente el amor había llegado y se convirtió en mi compañero. Como el día llegaba a su final tuvimos que partir a nuestros hogares. En mis manos traía el diario que me habían regalado.

Al llegar a casa observé con más detalle que contenían sus páginas. Ese mes de enero, la hermosa rosa había dejado un par de pensamientos plasmados en él. Leer que había en su mente durante cada día del mes dejó marcadas varias espinas en mi interior. Así como ella se dedicó a pensar en mí, era mi turno de devolver esa devoción.

Con el panorama que había dejado esa tarde inolvidable, el mes de febrero empezó de una forma bastante agradable. Cada día poemas, consejos y frases de amor quedaban plasmados en el diario. Juramentos de amor eterno eran comunes en cada una de sus páginas. Inclusive las palabras parecían brotar solas. Las cosas marchaban tan bien que las oportunidades parecían aparecer en cada esquina. Además del amor el éxito empezaba a llegar en las demás áreas. Parecía que mi ser se había llenado por completo.

A medida que avanzaba febrero las llamadas empezaban a ser menos frecuentes. De frustración se llenaba mi cabeza con cada llamada fallida. No tenía la certeza de que el teléfono sonara. Jamás podía hacerme esto a mí. Las pocas conversaciones que teníamos eran cortas y no entendía porque no llamaba. Quería salir corriendo a buscarla, si tan solo supiera donde vivía exactamente lo habría hecho.

Febrero se fue llenando de tristeza. Las páginas no solo contenían palabras ahora tenían lágrimas impresas. Como naufrago que con esperanza coloca un mensaje en una botella, el diario se fue llenando de letras. Todo el mundo empezaba a derrumbarse. Entre sus páginas el diario tenía una inédita tarjeta del día de los enamorados. El diario guardaba momentos de amor, momentos de ilusión, momentos de alegría.

Para el final de febrero mi más grande temor se había vuelto realidad. El teléfono no volvió nunca a sonar, el número marcado nunca fue respondido. El mundo se tragó este amor que tan solo meses atrás había conocido. Ahora lo que antes parecía un edén terminaba en algo menos que un desierto.

¿Fue todo aquello entonces un amor de verano, de esos que hablan las canciones y se ven en las películas? ¿Que acaso no era algo real? Las palabras escritas eran la prueba de que todo había pasado. A pesar de que los años pasaron, ese viejo diario hace revivir su fantasma una y otra vez. Sus palabras de que nunca la olvidarán fue el hechizo más fuerte. Creo que una vez la vi, pero había imaginado su presencia tantas veces que realmente no podría asegurarlo.

Y fue así como el amor que una vez llegó se fue y no volvió, fue así como el fantasma de su recuerdo quedó en mi cabeza, fue así como cada canción me recuerda a ella… Y seguiré escribiendo en aquel diario, porque el día en que se lo entregué sabrá que cumplí con mi parte porque yo la sigo amando.

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