Mis ojos amarillos

El día de mi nacimiento había llegado. Como buen mamífero que me dijeron que yo era, había nacido de las entrañas de mi madre y llena de pelos. Aún con los rasgos poco expresivos de mi madre se reflejaba su intensa felicidad al verme. Sus grandes ojos amarillos me hicieron saber que ella era mi progenitora. Ella era realmente hermosa y según decían se parecía a mí. Entre sus brazos me tomó rápidamente para colocarme en su cálida espalda.Vivir en los árboles era genial. No tenía nada que hacer más que pedir mi leche cuando lo necesitase. El sol salía en la mañana entonces me dormía, y luego se escondía por la noche y yo despertaba.  Vivir a doce metros del suelo era realmente un ambiente muy protector sumado al cálido nido de mi madre.

En cuanto pude abrí mis ojos y fue cuando empecé a ver el mundo que me rodeaba. Al parecer no era la única criatura que existía en ese lugar que llamaban Madagascar. Criaturas realmente extrañas solían pasearse sobre lo que yo podía apreciar eran montones  de NADA. Por el día seres llamados pájaros, volaban con lo que parecían brazos con extrañas y suaves estructuras que de vez  en cuando dejaba caer sobre nuestro nido. Mientras que por noche otras llamadas murciélagos aparecían suplantando las anteriores aunque estas tenían lo que mi madre llamaba pelo. Todas eran criaturas muy diferentes y según veía no eran como nosotros.

-“¡Mamá, mamá, que guapa eres!”,  le dije a mi querida madre. Ella me respondió rápidamente:

-“No más que tú, mi amor, no más que tú”, mientras ella seguía subiendo por el árbol dándome comida. Si lo que ella decía era correcto, yo debía ser la criatura más hermosa que existía.

Alrededor de nuestro nido había otros seres que asemejaban a mi madre, llamados lémures, aunque  yo no podía asegurar que se parecieran a mí puesto que no podía verme.  Poco a poco, mi madre me enseñó sobre cada cosa que yo solía ver a mi alrededor.

Los meses pasaban y yo era feliz junto a mi madre, incluso me enseño como conseguir eso que me daba cuando mi estómago rugía de una manera extraña. Ella me decía donde podía conseguir esas pequeñas frutas y hojas que comía. Pero lo más delicioso que lograba saciar mi apetito era lo que ella llamaba larvas de insectos. Era gracioso golpetear la madera de mi árbol para localizar mi deliciosa comida, con mi gran dedo podía sacarlos de su interior.

Una noche de frio mi madre me dijo que no podía seguir encargándose de mí.  Al parecer era hora de que buscara mi propio camino. Orgullosa de haber tenido una madre tan especial me dirigí hacía otra rama de un gran árbol cercano en el que había puesto mis ojos varios días antes.

-“Aquí construiré mi nido”,  me dije a mí misma con cierto tono de emoción. Aún sólo teniendo un puñado de meses de vida ya era lo suficientemente capaz de vivir en independencia. Eso era razón suficiente para alegrarme, aunque mi inexpresiva cara no lo reflejara.

Una vez sola podría conocer mucho más de lo que me rodeaba. Fue así como decidí bajar un poco más hacia el suelo. Aquello parecía un paisaje completamente diferente. Había plantas de todo tipo aunque no eran tan fuertes como el árbol en que aún me encontraba. Me disponía a buscar insectos en la gran base del árbol cuando vi unos ojos pequeños y oí una voz aguda decirme.

-“Oye tú sí que eres fea”,  me dijo el pequeño animal que tenía una cola delgada y rosada. Lo que me dijo esa criatura gris con largos bigotes me dejó perpleja.

-“He viajado por varios países en barcos atravesando mares y jamás había visto algo tan espeluznante como vos”,  seguía diciendo la extraña criatura.

-“¿Qué eres tú y por qué me dices eso?”,  contesté rápidamente a su afirmación errónea.

-“Algunos me dicen “Rata” y vengo desde muy lejos, como te digo, ¡Nunca había visto algo tan feo como tú!”, decía la rata incrédula de verme.

-“Debes estar confundida, mi madre decía que yo era la cría hembra más hermosa que había tenido”. Le contesté furiosa puesto que aún seguía sosteniendo esa idea.

La rata me hizo una seña de que la siguiera. Así que baje del árbol y detrás de él había un charco de agua de lluvia. Haciéndome un ademán de que me acercara al agua, lo hice.

-“¡Mírate bien!; mira esos ojos tan grandes, amarillos y repulsivos;  mira que pelaje más largo y oscuro, que cola más extraña, y tus orejas gigantes. Como si fuera poco observa ese dedo tan grande y delgado que tienes y que sobresale de los demás. Eres realmente un espanto”, dijo la rata.

Nunca había pensado esas cosas de mí. Sentí que cada palabra que decía era una cruda e hiriente verdad. Al parecer lo que había pensado de mí esto este tiempo era una falsa.

-“Hace un tiempo conocí a alguien que le decían el “patito feo” en unos a mis viajes a Alemania. La gente sabía que era extraño pero contigo nada se compara”, decía la rata después de unas carcajadas.

“¿Como era el patito feo?, ¡Descríbelo!”, le dije queriéndome hacer una idea de lo que decía.

Conforme la rata iba describiendo la figura del tal pato, me di cuenta que guardaba semejanzas con aquellas criaturas que volaban durante el día. Cada característica que decía me parecía agradable si las comparaba con las mías. Deseaba tanto ser ese tal “patito feo” en vez de la criatura que yo era. Al parecer cualquier cosa era mejor que yo.

Triste corrí y salté hacía mi árbol dejando a la rata atrás. Una vez en mi nido empecé a llorar. ¿Cómo fui tan ilusa de no darme cuenta antes de mi fealdad? ¿Cómo iban los demás a quererme siendo de esta manera?

Varios días pasaron desde aquella plática. No había querido moverme de mi nido, no quería que nadie me viera así que puse bastantes ramas alrededor de él. Durante estos días no paré de pensar en aquellas palabras que me había dicho la rata.  ¿Cómo cambiaría todo aquello que me dijo? No había forma de hacerlo. Ya no quería comer. Ya no quería existir. Debería saltar de mi nido hacia el vació en este momento.

-“Saltaré de mi nido y así nadie tendrá que verme”,  pensé, sí lo haré.

En eso momento escuché las ramas cercanas de mi nido moviéndose. Algo se acercaba.

-“¡Largo de aquí!, ¡No quiero que me vean!”, grité sin saber quién era.

La figura pronto se reveló. Se trataba de otro de mi especie que se acercaba a mí. Al parecer era un macho.

-“¿Por qué no quieres que te vean?”, preguntó el extraño.

-“¡Porque soy fea!”, le dije. “Mis orejas son más largas, mi dedo tercero es más largo, mis ojos son más grandes y mi pelo es grueso”, agregué.

-“¡Exactamente!”, contestó.  “He estado buscando a alguna así desde hace tiempo. ¡Eres lo más hermoso que he visto!”, agregó el sujeto. Mirándola a los ojos parecía estar convencido de lo que decía.

Después de sus palabras empecé a recordar a mi madre. Recordé como la veía. Recordé como era la cosa más bella que había conocido. Yo era su hija, su vivo reflejo, su descendencia. Yo era hermosa, era su imagen. Entonces, empecé a llorar de repente. ¿Cómo había logrado que una rata me convenciera de lo contrario? Nunca más volvería negar mis hermosos ojos amarillos.

Esa noche, comprendí que yo era bella y eso me trajo seguridad nuevamente en mi vida. Dándome cuenta de mi belleza y valor, procedí a relacionarme con aquel valiente macho que me iluminó esa noche.

-“¡Papá, papá!, mira allá arriba hay dos Aye-Ayes”, dijo el hijo del cazador viendo a las dos criaturas en las copas del árbol.

“Se dice que si uno de ellos apunta a una persona con su dedo ésta muere poco después de una forma repentina y horrible”, le dijo a su hijo.

Dos disparos sonaron en medio de la noche. Dos cuerpos cayeron al suelo. Ese día dos criaturas de la selva de Madagascar habían muerto, quizás solamente  por el simple hecho de ser diferentes. De ser majestuosos, especiales y únicos ambos a su propia manera.

Related posts:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *