Viviendo muerto

Poco a poco Carlos se fue despojando de cada uno de los órganos culpables de hacerle ahora recordar aquellos momentos. Desde cualquier perspectiva que se viese, aquello era cosa salida de una película de terror. Pero parecía tan fácil que hasta resultaba creíble intentarlo.

Por ello decidió empezar primero por su redonda y ancha nariz. Sería la venganza perfecta contra  esta por haberle dejado captar olores tan únicos como lo son los de cada persona. Ejemplo de esos eran aquel olor que estaba a lo largo de su cuello y llegaba hasta su barbilla, el de sus orejas suaves e incluso el olor que corría por su pelo… Y así sin más preámbulos decidió romper esta dejando un hoyo en su lugar ¡Ahora ya no captaría el aroma que dejó accidentalmente en su almohada nunca más!

Ahora el turno sería de su lengua. Aquella necia e insubordinada había recorrido kilómetros probando las sales de un cuerpo. Pero especialmente había saboreado unos labios,  que según recordaba, mordió hasta hacer brotar el jugo más dulce. Así que por ello Carlos cortó sin trabas aquella extensión de su cuerpo que más de una vez se encontró con otra similar. Había dejado atrás el gusto por gusto.

Carlos se dio cuenta de lo conspiradores que habían sido sus ojos en todo este embrollo. Dos ojos cafés fueron fuertemente arrojados a una esquina. Todo ello porque desde el primer momento en que determinaron aquella figura, habían decidido no parpadear por intentar no dejar de contemplarla. Por la vista entró la admiración y con la vista observó como pareció alejarse. Así no habría que cerrar los ojos en medio de la noche estando despierto, no habría más gestos o expresiones ridículas. No más destellos involuntarios.

Siguiendo el recuento de su cuerpo,  Carlos recordó que sus oídos no eran del todo inocentes. Carlos pensó que deshaciéndose de ellos podría quizás tomar acciones por tantas conversaciones absurdas y risas continuas. Pero lo que más le incomodaba recordar eran  los sonidos placenteros en medio de la noche. Para ese momento ya un cuchillo rodeaba cada uno de sus oídos retirando hasta lo más profundo de ellos. Ahora nunca más escucharía promesas que nunca se cumplirían.

El siguiente paso sería deshacerse de su tacto. Esas manos que estrecharon las suyas tantas  ocasiones. Esos abrazos tan profundos que las pieles se unían sin interrupción. Él debía castigar a su cuerpo por esos escalofríos y cosquillas que lo volvían loco. Además debía hacerlo por sentir ese calor que nunca quiso que se extinguiera. Y es por ello que un poco de fuego avanzó por un camino de gasolina marcado por los poros de su cuerpo. Para entonces Carlos supo que quedaba con un cuerpo calcinado y mutilado.

Ya con pocas intensiones de seguir pensando como él mismo, Carlos decidió deshacerse de todas su facultades que aún, en cierta forma, parecían presentes. Como pudo se las solucionó para dejar su cerebro salir de su cabeza y fue así que Carlos logró deshacerse completamente de su humanidad. Ahora tranquilo y como buen muerto-viviente lograría caminar en busca de potenciales presas. Ahora cada vez que estuviese con una persona disfrutaría el sabor de su carne y no pensaría jamás en sentimientos. Los sentidos no le jugarían más trucos sucios. Ahora su meta sería el devorar sin contemplación, que irónicamente podría no ser tan diferente a lo que hacen muchos vivos.

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