Espanto

Después de ocho horas de parto la criatura llegó a este mundo. Su madre esperaba impaciente la llegada de sus amigas, algunas vecinas y familia en general para darlo a conocer. Como siempre la primera en llegar fue Doña Raquel, “la chismosa del barrio”.

Raquelita,  como la llamaba la madre del recién nacido, entró felizmente cantando y bailando al son de una alegre cumbia, pero no tardó en sentirse en una película de horror al observar lo que le esperaba. Su cara pasó de una amplia sonrisa a un crudo y amargo apretar de labios. Instantáneamente sus manos buscaron algo en su chaleco.

La dichosa madre solo pudo observar cómo Doña Raquel salía con un teléfono celular en su mano y no volvió a entrar a la habitación.

No hubo más visitas. Tampoco los días que le siguieron a ese. Así, por cosas del destino, Alex inició su vida sin la popularidad que hubiese querido desde un principio.

Un te quiero pasajero

El día pintaba como cualquier otro. Cielo azul; nubes blancas; sol radiante y frío viento.  Ya de noche llegó a su casa, se desató los cordones, se cambió su ropa, se puso en comodidad y dejó su reloj junto a dos contadores en la mesa de dormir. Su amigo acompañante procedió entonces a copiar exactamente la misma rutina.

Absorbidos por el silencio y por lo oscuro de la habitación, se dieron cuenta que no querían dormir en camas separadas. Bastaron quizás solo cinco segundos para que estuvieran cuerpo a cuerpo.  Hubo masajes de manos;  prendas caídas; labios humedecidos y pieles erizadas.

Después de ello, grabadas en su mente, quedaron estas palabras de él:

-Te quiero mucho, te quiero muchísimo.

Procedió a sellar estas con un beso en la boca.

Al otro día al abrir sus ojos vio que era el único cuerpo en la habitación. Acercó sus pantuflas, se puso una bata y se dirigió a la mesita de noche. Se puso su reloj y cogió un contador de la mesa. Giró su manilla y un cuatro cambió rápidamente a un cinco. Lo colocó de nuevo en su lugar  y sujetó el otro. Observó la lectura con sus ojos café y se sintió un tanto triste porque esta no cambió.

Detrás de cada contador había una etiqueta. En uno se leía: “Número de te quieros” y el otro decía “Visitas que pasan de una noche”.

Armonía

Luis, el cantante amateur, había intentado por todos los medios de que su exnovia volviera con él. A Marta, conocida por su amor a la música, le llegaban cada día flores; cartas y paquetes cuidadosamente envueltos. Esos presentes se acumulaban al final del vestíbulo y no pasaban de allí.

Luis nunca supo por qué Marta se alejó tan súbitamente de él pero aún así decidió recuperarla, y sabiendo la debilidad de Marta por la música, tenía un último plan antes de dejarse vencer.

-Si logro posicionar una canción en el número uno que diga lo mucho que la quiero, ella volvería a mí – se dijo a sí mismo.

Así que Luis empezó a escuchar todas las canciones de amor que pudo encontrar. Recolectó todos los “lugares comunes” de dichas letras. Armó sus 4 estrofas perfectas con rima y le agregó una melodía pegajosa.

Para el último lunes de abril aquella canción fue el éxito del momento pero para desgracia de Luis, este no tuvo nunca una respuesta de su amor.

Ese mismo día, Marta salía de su quinta cita con el otorrino. Sostenía un papel en sus manos mientras finas gotas lo humedecían.

En él podía leerse lo siguiente:

“Marta no hemos tratado antes con tal pérdida repentina y total de la audición, lo lamento no podemos sanar su cóclea”.