Sombras

No se sabe a ciencia cierta cuándo pasó o si fue desde un inicio, pero él sintió poco a poco que empezó a tornarse oscuro. Por un tiempo convivió tranquilo y sumiso con la luz que le rodeaba, sin embargo apenas las tinieblas lo invadieron empezó un proceso sin vuelta.

Una vez sintió que esta oscuridad le subía por el cuerpo cuando logró distinguir más allá de los típicos colores que se dice que los otros lograban hacer. Esto creó un mundo de matices y arcoíris en su mente difícil de ignorar. Y es que también ese cuerpo poco fornido nunca logró ganar un pulso, una pelea, mucho menos levantar obstáculos o pesas.

También apreció que lo rodearon cuando rechazó de lleno el curso de fútbol que le habían ofrecido sus padres. Desde ese día no se le oyó una conversación de este deporte, de hecho de ningún otro tampoco. Por otra parte se le observaba feliz ejecutando todo bailes donde incluso le gustaba combinar sus atuendos mientras escuchaba los problemas de sus allegadas. ¡Sí, todo a la vez!

Otra ocasión en que las percibía era cuando, con desprecio, rechazaba los cuentos acerca de las mil y una experiencias sexuales de los otros. A veces era imposible creer los números que arrojaban al aire. Y aún más sorprendente el nivel de promiscuidad e infidelidad que se desplegaba. El parecía apreciar los sentimientos, la calidez y la confianza. Lloró una y otra vez lavando lo que según los otros era falta de rudeza.

Definitivamente sintió como era invadido por las sombras cuando por cosas del destino entró en un vestidor masculino. No sentía empatía por el aspecto descuidado y de poca higiene de las personas que le rodeaban. Muchos lanzaban escupitajos por doquier mientras se paseaban sudorosos de un lado a otro. Otros se paseaban mostrando su desnudez al frente de los demás sin la más mínima seña de inhibición cómo dando un espectáculo a los allí presentes. Algunos estallaban entre risas mientras jugaban a “tocarse”, se observaban nalgadas,   y hablaban constante y obsesivamente de “tamaños.

Y como si fuese poco, había rechazado también la maña que observaba  de algunos de rascarse sus genitales sobre su ropa, constantemente, incluso mientras hablaban entre sí y lo intensificaban cuando la conversación parecía amena. Definitivamente sintió que el nivel de oscuridad crecía a grandes pasos. Desde ese día optó por la pulcritud, la reserva y evitar estos comportamientos a su parecer extraños.

En conversaciones de grupo los temas a tratar siempre fueron los mismos por lo que no le quedó más que quedarse callado. Las insistentes críticas de deportes, el apasionante mundo de los autos, los videojuegos de armas y una vez más los pechos de las mujeres. Tampoco pudo reparar conversación cuando le hacían una consulta sobre construcción, mecánica o electricidad. Sin duda después de un tiempo no era el favorito para salir. Fue así como sintió que la oscuridad terminaba de embargarlo porque además no pasaba la prueba de sus ebrios compañeros que tomaban en cantidades abundantes, no le agradaba la sensación del cigarro y evitaba a toda costa decir malas palabras. Calificó todas estas cosas como infantilidades.

Después de vivir todo esto su nivel de oscuridad estaba completo. Las sombras se habían apoderado de él y la gente terminó por notarlo también. Se convirtió para entonces en un monstruo para los demás, una abominación. Siendo diferente a ellos fue calificado como inhumano. El problema para él en adelante es que a pesar de sentirse desemejante, en medio de la oscuridad,  seguía sintiéndose hombre.

Sueños de un pasado

—-Dedicado a MJ, quién le dio luz a mis sueños aún sin conocerla—-

Muchas veces creía ver su silueta entre las sombras de la calle. Otras veces imaginaba escuchar su voz entre los tumultos que se abarrotan en las tiendas. En ocasiones cuando me rodeaba de espejos, la veía acercándose y abrazarme por detrás, mientras  sus labios jugaban con mi oreja.  Y así durante mucho tiempo ansiaba encontrar a la mujer de mis sueños. Continúa leyendo Sueños de un pasado

Decenas de quilates

Érase que se era un muchacho alto y flaco; él era de ojos café como la arcilla más oscura. Su anhelo más codiciando fue tener entre sus manos un diamante tan grande y sobresaliente como el “Montaña de luz”. Aquello era un deseo sin descanso, pues caía la noche y la quimera aparecía incluso en aquella negra y recóndita habitación de sus sueños.

Un día mientras vagaba por el camino del vigor y el temple, en la esquina de la incertidumbre, se le acercó un hombre de apariencia de camarón con “rostro”. Sus pupilas, de un negro color, vislumbraban intenciones de complacer el deseo de aquel flaco y desesperado joven. Con sus dos robustos labios empezó a ofrecerle un simple y admisible trato. — Podrás tener eso que tanto quieres, y estará colgando justamente a la altura de tu pecho, pero no deberás darle una atención desmesurada— dijo el hombre camarón que en ese momento cambiaba de un escarlata a pardo. Sin dudarlo, el joven tomó el diamante y se lo colgó a la altura del pecho

El diamante lograba brillar y como consecuencia, causaba un esplendor en el joven. Para cuando cayó el ocaso y no hubo más rayos de sol, el resplandor ya no era tan evidente. Cegado por la ilusión y queriendo sentir más aquella gema, el joven descolgó el diamante de su cuello y lo tomó entre sus manos queriéndolo acariciar y pensando en no soltarlo jamás. Para cuando el muchacho cayó en la sobre atención que le propiciaba era demasiado tarde. El diamante ya no se encontraba en sus manos, pues se había desvanecido.

Repentinamente empezó a sentir un dolor en su corazón; sentía cómo algo lo desgarraba por dentro lámina a lámina. En su angustia y amargura, aquel muchacho alto y famélico vio cómo de sus ojos caían decenas de quilates; estos no eran sólidos; esta vez en realidad eran líquidos.

Apariencia

Era obvio que los conocía a todos. ¿Cómo sería capaz de no hacerlo? Sería ilógico pues ellos tienen en parte, esa misma sangre que mis abuelos, algunos descansen en paz, con mucho amor nos transmitieron. Sangre que sus padres también poseen en mayor medida. Sangre, esa sangre que nunca he visto derramada o expuesta a la luz, pero sé que allí está. Porcentajes absurdos que la ciencia trata de cuantificar para explicar las razones de un comportamiento social: “altruismo”.

Son años de conocerlos, de vernos, claro que te conozco. ¿Me conoces? Yo sé que sí. Tragos, fiestas,  comidas todo eso hemos compartido. Lo sabes muy bien, sabes lo que soy. ¿Recuerdas cuando caí aquella vez bajo la lluvia y el paraguas no fue capaz de taparme? ¿No lo sabías?… Entiendo… Recuerdas cuando tuve mi primer amor aquella persona de extraño nombre… No. ¿Tampoco?… Pues que extraño porque sé muy bien de ti… sé… sé tu nombre, sé tu ocupación, sé tu domicilio, sé el nombre de tus hijos y hasta de tu pareja…

Los años pasaron y la misma imagen de familia se mantenía. Los centímetros que aumentaron no parecieron importar mucho  y la piel que envejecía tampoco. Tengo la misma imagen de tu persona, esa de la que me acuerdo cuando era muy chico, pero si algo es triste es saber que solo sé su nombre… su domicilio… su ocupación… su pareja y que sé distinguirte por aquella apariencia. Quizás es común… tener un centenar o más de familiares… y no contar con ninguno…

Arroz con leche

Presente una vez más buscando respuestas a mi viaje pasajero. Encuentro emociones, paisajes, instintos fuera de lugar. Puedo divisar obstáculos extraños e invisibles bloqueando mi paso. Entre ellos pensamientos, ideas, costumbres y tradiciones sin verdadera importancia.

Me veo de pronto tratando de elegir entre un sólido, un sólido con sal, común y corriente, cocido con esquemas y aprobaciones. Por otro lado líquido también salado, un suero que corre y baña sutilmente nuevas experiencias que están fuera de lo común.

Ambos los observo como iguales, a pesar de sus múltiples diferencias, pues ¿cómo diferenciar entre cálido o frío, sombra y luz, entre un pelo corto y un pelo largo…? Me veo inhalando sus esencias mientras descubro sus virtudes, entre ellas un dulce aroma, que hace que crezca, me exalte, me excite, me incite y emocione.

Deseo el infinito, sea cual sea su presentación, siempre y cuando me sacie con su ser. Pues deseo contenerlo en mis adentros mientras voy andando por el mundo. Me vería sonriéndole a mi camino, rodeado de su dulce aroma, que surgió de un agregado de sales, combinado en uno solo y totalmente indiferenciado.

Viviría feliz cantando, inspirado por aquel aroma ya descrito,  que brotó de lo más profundo y llegó para mejorar su ser y el mío. Cantaría algo como:

“…No quiero una señorita, ni que sea de la capital, ni que sepa cocer, ni que sepa limpiar, solo quiero a alguien que me abra la puerta…”

Déjà vu

Dentro de tí, detrás de tu sonrisa, se escondían deseos y  mañas cargadas de oscuros pensamientos. Parecías muy amable, como si fuera costumbre vieja, incluso invitaste a la vigorizante y exquisita cerveza cruda. Risas, abrazos y juegos se fundieron a la mesa aquella noche en el bar. Tus ojos firmes estaban puestos en mí, pues estaban vigilantes de otros ajenos que querían ocupar su lugar. No fue sorpresa que sacrificaras la comodidad de tu almohada esa noche. Las cobijas cubrirían todo aquello que una vez fue descubierto y esta vez no sería diferente. Tal como imánes, nuestros cuerpos tentados empezaron a juntarse. Cada pelo erizado reconocía a su otro similar, cada curva, cada valle, cada pista era recorrida por mi memoria como en un déjà vu supremo. Me había prometido olvidarte hace tan solo un par de meses, pero a decir verdad añoraba con ansias esos labios, como quién gusta del picante que duerme su boca y su lengua. Agasajos, adulaciones y piropos estallaban conforme recorría su blanda piel, mientras sin quererlo, mis labios gesticulaban confesiones de cómo había soñado volver a sus brazos. Mis labios se vieron ocupados siguiendo instrucciones de uso, que confundía con sugerencias o con estrictas demandas. Terminé logrando la culminación de tus deseos, el espasmo de tu mente y el clímax de tu ambición. Bastaron tan sólo segundos, para que pocas palabras me hicieran caer en la realidad de la situación: -Quiero dormir, aléjate lo más posible,  no me molestes-.  Sintiéndome como una servilleta, usada y tirada, fui testigo de cómo riachuelos recorrían mi cara en lo que pintaba sería una noche fría y larga. Al amanecer, recuerdo ver su figura partir, entre su cuello, llevaba una marca morada, recuerdo de algún momento de desenfreno que lo acosaría al menos durante unos días … para mi desquite.

Ladridos en una madrugada de abril

Aquellos eran días llenos de rayos de sol y repletos de risa. Tenía un par de esferas redondas, sí, eran redondas y con brillo, puesto que la luz se reflejaba en aire, es decir, no en agua. Los diez años y cuatro días de ladridos prometían júbilo y esperanza.

Estando allí donde me encontraba, solía rodearme de seres que me acompañaban, y a pesar de ser inanimados,  me hablaban con sus lenguas de plástico y jadeaban. Me daban abrazos, que venían e iban, y al sonar de las carcajadas nuestras colas se movían.

Me sacudía en un mundo real, una dimensión paralela de una mente “inmadura” y navegaba libre. ¡Volaba libre!, volaba pues no teníamos collar, ni jaula ni cadenas que nos ataran. Rápidamente podía huir de un conflicto acompañado de mi amigo más fiel, un perro feroz y cariñoso. El gran guía en mi camino, que me llevaba de vuelta para encontrar un ambiente estable tan solo dos horas después.

Para el final de una tarde las hojas fueron cayendo, y sin quererlo mi amigo fue reemplazado por unas frías y calculadoras máquinas. Tristemente, éstas no me defendieron ni me dieron consuelo y tampoco soltaron un ladrido de ayuda en media madrugada. Todo cambió, para bien o para mal,  pero aún me encuentro en tardes de abril.

La innombrable

Hoy le di mi primer mordisco,  probé por primera vez su sabor. Ella al parecer, ya venía con su propio nombre, ese mismo que la caracterizaba pero el cual por ser nuestro primer acercamiento me pareció irrelevante. Su forma por otra parte, es realmente perfecta.

Para ser nuestra primera vez, no logro sentirla tan profunda. Quizá deba probarla aún más, porque al fin y al cabo, yo la elegí. Sé que mucha gente lo ha hecho antes que yo, sin embargo nunca imaginé probar una de su tipo.

Su sabor no está mal, debo admitirlo, de pronto empieza a gustarme. Es más debo agregar que no puedo dejar de probarla pues atrae mi paladar. Mordisco a mordisco la deseo constantemente, pues me gusta esta nueva adicción.

Después de un tiempo, que al parecer fue algo efímero, las cosas están llegando a su final. Nuestra relación termina en un abrir y cerrar de ojos. Algo de esto me parece conocido, al parecer esta historia me parece familiar. Esta fruta no debería llamarse pera, debería llamarse como ella.