Decenas de quilates

Érase que se era un muchacho alto y flaco; él era de ojos café como la arcilla más oscura. Su anhelo más codiciando fue tener entre sus manos un diamante tan grande y sobresaliente como el “Montaña de luz”. Aquello era un deseo sin descanso, pues caía la noche y la quimera aparecía incluso en aquella negra y recóndita habitación de sus sueños.

Un día mientras vagaba por el camino del vigor y el temple, en la esquina de la incertidumbre, se le acercó un hombre de apariencia de camarón con “rostro”. Sus pupilas, de un negro color, vislumbraban intenciones de complacer el deseo de aquel flaco y desesperado joven. Con sus dos robustos labios empezó a ofrecerle un simple y admisible trato. — Podrás tener eso que tanto quieres, y estará colgando justamente a la altura de tu pecho, pero no deberás darle una atención desmesurada— dijo el hombre camarón que en ese momento cambiaba de un escarlata a pardo. Sin dudarlo, el joven tomó el diamante y se lo colgó a la altura del pecho

El diamante lograba brillar y como consecuencia, causaba un esplendor en el joven. Para cuando cayó el ocaso y no hubo más rayos de sol, el resplandor ya no era tan evidente. Cegado por la ilusión y queriendo sentir más aquella gema, el joven descolgó el diamante de su cuello y lo tomó entre sus manos queriéndolo acariciar y pensando en no soltarlo jamás. Para cuando el muchacho cayó en la sobre atención que le propiciaba era demasiado tarde. El diamante ya no se encontraba en sus manos, pues se había desvanecido.

Repentinamente empezó a sentir un dolor en su corazón; sentía cómo algo lo desgarraba por dentro lámina a lámina. En su angustia y amargura, aquel muchacho alto y famélico vio cómo de sus ojos caían decenas de quilates; estos no eran sólidos; esta vez en realidad eran líquidos.

Apariencia

Era obvio que los conocía a todos. ¿Cómo sería capaz de no hacerlo? Sería ilógico pues ellos tienen en parte, esa misma sangre que mis abuelos, algunos descansen en paz, con mucho amor nos transmitieron. Sangre que sus padres también poseen en mayor medida. Sangre, esa sangre que nunca he visto derramada o expuesta a la luz, pero sé que allí está. Porcentajes absurdos que la ciencia trata de cuantificar para explicar las razones de un comportamiento social: “altruismo”.

Son años de conocerlos, de vernos, claro que te conozco. ¿Me conoces? Yo sé que sí. Tragos, fiestas,  comidas todo eso hemos compartido. Lo sabes muy bien, sabes lo que soy. ¿Recuerdas cuando caí aquella vez bajo la lluvia y el paraguas no fue capaz de taparme? ¿No lo sabías?… Entiendo… Recuerdas cuando tuve mi primer amor aquella persona de extraño nombre… No. ¿Tampoco?… Pues que extraño porque sé muy bien de ti… sé… sé tu nombre, sé tu ocupación, sé tu domicilio, sé el nombre de tus hijos y hasta de tu pareja…

Los años pasaron y la misma imagen de familia se mantenía. Los centímetros que aumentaron no parecieron importar mucho  y la piel que envejecía tampoco. Tengo la misma imagen de tu persona, esa de la que me acuerdo cuando era muy chico, pero si algo es triste es saber que solo sé su nombre… su domicilio… su ocupación… su pareja y que sé distinguirte por aquella apariencia. Quizás es común… tener un centenar o más de familiares… y no contar con ninguno…

Arroz con leche

Presente una vez más buscando respuestas a mi viaje pasajero. Encuentro emociones, paisajes, instintos fuera de lugar. Puedo divisar obstáculos extraños e invisibles bloqueando mi paso. Entre ellos pensamientos, ideas, costumbres y tradiciones sin verdadera importancia.

Me veo de pronto tratando de elegir entre un sólido, un sólido con sal, común y corriente, cocido con esquemas y aprobaciones. Por otro lado líquido también salado, un suero que corre y baña sutilmente nuevas experiencias que están fuera de lo común.

Ambos los observo como iguales, a pesar de sus múltiples diferencias, pues ¿cómo diferenciar entre cálido o frío, sombra y luz, entre un pelo corto y un pelo largo…? Me veo inhalando sus esencias mientras descubro sus virtudes, entre ellas un dulce aroma, que hace que crezca, me exalte, me excite, me incite y emocione.

Deseo el infinito, sea cual sea su presentación, siempre y cuando me sacie con su ser. Pues deseo contenerlo en mis adentros mientras voy andando por el mundo. Me vería sonriéndole a mi camino, rodeado de su dulce aroma, que surgió de un agregado de sales, combinado en uno solo y totalmente indiferenciado.

Viviría feliz cantando, inspirado por aquel aroma ya descrito,  que brotó de lo más profundo y llegó para mejorar su ser y el mío. Cantaría algo como:

“…No quiero una señorita, ni que sea de la capital, ni que sepa cocer, ni que sepa limpiar, solo quiero a alguien que me abra la puerta…”

Déjà vu

Dentro de tí, detrás de tu sonrisa, se escondían deseos y  mañas cargadas de oscuros pensamientos. Parecías muy amable, como si fuera costumbre vieja, incluso invitaste a la vigorizante y exquisita cerveza cruda. Risas, abrazos y juegos se fundieron a la mesa aquella noche en el bar. Tus ojos firmes estaban puestos en mí, pues estaban vigilantes de otros ajenos que querían ocupar su lugar. No fue sorpresa que sacrificaras la comodidad de tu almohada esa noche. Las cobijas cubrirían todo aquello que una vez fue descubierto y esta vez no sería diferente. Tal como imánes, nuestros cuerpos tentados empezaron a juntarse. Cada pelo erizado reconocía a su otro similar, cada curva, cada valle, cada pista era recorrida por mi memoria como en un déjà vu supremo. Me había prometido olvidarte hace tan solo un par de meses, pero a decir verdad añoraba con ansias esos labios, como quién gusta del picante que duerme su boca y su lengua. Agasajos, adulaciones y piropos estallaban conforme recorría su blanda piel, mientras sin quererlo, mis labios gesticulaban confesiones de cómo había soñado volver a sus brazos. Mis labios se vieron ocupados siguiendo instrucciones de uso, que confundía con sugerencias o con estrictas demandas. Terminé logrando la culminación de tus deseos, el espasmo de tu mente y el clímax de tu ambición. Bastaron tan sólo segundos, para que pocas palabras me hicieran caer en la realidad de la situación: -Quiero dormir, aléjate lo más posible,  no me molestes-.  Sintiéndome como una servilleta, usada y tirada, fui testigo de cómo riachuelos recorrían mi cara en lo que pintaba sería una noche fría y larga. Al amanecer, recuerdo ver su figura partir, entre su cuello, llevaba una marca morada, recuerdo de algún momento de desenfreno que lo acosaría al menos durante unos días … para mi desquite.

Armadura Quebrantada

Entre imágenes y recuerdos,  viene a mi mente la figura de aquella persona de infinita compañía. Poseedor de una figura robusta, pero también de unos ojos firmes y penetrantes que sobresalían con destellos continuos cargados de verde.  Su gran espalda erguida agregada a un par de brazos cruzados se fusionaba en un gran escudo protector, que sin discusión forman parte de su gran fortaleza.  Nada podría hacer que él se derrumbe, es una muralla fuerte, una barrera impenetrable.

Un gran sonido ha interrumpido aquella quietud que él tenía. El  gran guerrero  rápidamente ha desenfundado su arma, aquella tela, aquel pañuelo, y ha acudido en mi ayuda. Sus ojos y su gesto me lo han dicho todo,  no ha tenido que utilizar una sola palabra. El está allí, y no dará un paso atrás, no liberará su mente hasta que sienta que todo está en orden.

En ese preciso momento, la dureza se convirtió en suavidad y el amor ha brotado desde lo más profundo. No hay emociones, ni señas, no hay gesticulaciones, solo pruebas. Mis hombros tensos han sido relajados, mis penas, dolores  y angustias, todos se fueron. He vuelto a pensar en aquellos tiempos de no tenía mayor obligación que seguir viviendo, porque él, él mismo cargaba con todo ese peso. El guerrero de armadura inquebrantable seguirá abriéndose a sí mismo, por decisión propia,  pues ningún ser será  capaz de atravesar, salvo aquel primogénito que él mismo decidió procrear.

Estrellado

Mientras caminaba, no podía ignorar los bloques estrellados por los que transitaba. Al parecer hace mucho tiempo a alguien se le había ocurrido la grandiosa idea de hacer “el paseo de la fama” local. Estrellas blancas con placas de metal, que se distribuían a lo largo de unos cien metros, ahora eran apenas perceptibles. Placas cuyos nombres enterrados entre colillas de cigarro, hojas, polvo, tierra y cuanta basura minúscula se pueda imaginar; quedaban al olvido.

-¡Es cierto! ¡Yo solía saber el número exacto de estrellas!, me dije a mí mismo. Acto seguido, me detuve y dirigí al inicio de la cuadra para repetir aquella hazaña de contar las estrellas. – Uno, dos, tres…. quince… diez y seis… veinticuatro… – ¡Mierda!, había perdido la cuenta. Me dispuse a realizarlo de nuevo cuando alguien se me acercó y me distrajo de mi labor…

Mis ojos amarillos

El día de mi nacimiento había llegado. Como buen mamífero que me dijeron que yo era, había nacido de las entrañas de mi madre y llena de pelos. Aún con los rasgos poco expresivos de mi madre se reflejaba su intensa felicidad al verme. Sus grandes ojos amarillos me hicieron saber que ella era mi progenitora. Ella era realmente hermosa y según decían se parecía a mí. Entre sus brazos me tomó rápidamente para colocarme en su cálida espalda. Continúa leyendo Mis ojos amarillos

La Rosa y el Diario

Ella era la única que podría reflejarse en mis ojos. Una palabra, un gesto, una sonrisa furtiva. No solía pedir nada más que un rayo de sol  iluminando su cabello. Ella existía y por esa razón yo también lo sentía posible. Las tardes se pasaban lento esperando el sonido de ese aparato eléctrico que nos permitía comunicarnos. Continúa leyendo La Rosa y el Diario

Cuatro lados

Hipócrita. Una palabra ignorada por el joven  “Rayón”. Al menos eso reflejaba su cara al escuchar tan extraño vocablo el otro día en la estación. “Rayón” era un muchacho delgado de diecisiete años que vivía en las calles desde hace buen tiempo, quizás unos diez. Por increíble que lo parezca ni el mismo recuerda su verdadero nombre, debiendo  su apodo a una mancha en su barbilla cuyo origen es completamente desconocido. Continúa leyendo Cuatro lados