Un te quiero pasajero

El día pintaba como cualquier otro. Cielo azul; nubes blancas; sol radiante y frío viento.  Ya de noche llegó a su casa, se desató los cordones, se cambió su ropa, se puso en comodidad y dejó su reloj junto a dos contadores en la mesa de dormir. Su amigo acompañante procedió entonces a copiar exactamente la misma rutina.

Absorbidos por el silencio y por lo oscuro de la habitación, se dieron cuenta que no querían dormir en camas separadas. Bastaron quizás solo cinco segundos para que estuvieran cuerpo a cuerpo.  Hubo masajes de manos;  prendas caídas; labios humedecidos y pieles erizadas.

Después de ello, grabadas en su mente, quedaron estas palabras de él:

-Te quiero mucho, te quiero muchísimo.

Procedió a sellar estas con un beso en la boca.

Al otro día al abrir sus ojos vio que era el único cuerpo en la habitación. Acercó sus pantuflas, se puso una bata y se dirigió a la mesita de noche. Se puso su reloj y cogió un contador de la mesa. Giró su manilla y un cuatro cambió rápidamente a un cinco. Lo colocó de nuevo en su lugar  y sujetó el otro. Observó la lectura con sus ojos café y se sintió un tanto triste porque esta no cambió.

Detrás de cada contador había una etiqueta. En uno se leía: “Número de te quieros” y el otro decía “Visitas que pasan de una noche”.

Fuego de luz

…y amaneció mi alma más temprano. Martes de lluvia y sol. Estoy más que seguro de que hoy  te amé más que ayer. Me ubiqué en tu norte, y fui un triángulo agudo, veintisiete grados para ser exactos, para verte desde lo alto. Pero jamás querré irme a tu lado sur, de vista oscura, porque te vería ya menos que ayer. Anda enciende tu hoguera, fuego de luz, enciéndela en mi corazón; quémalo. Celebra el día en que estaré más en tu memoria. La luz hará su apogeo,  resplandecerá en las lápidas de nuestros cuerpos, que serán monumentos más famosos que Stonehenge. Recuerda este día porque cuando llegue la noche, será una noche corta. Cansados de diez horas de luz,  nada asegurará que sigas junto a mis pensamientos. Se cerraran nuestros ojos, pues mañana empezará otro día más corto que el de hoy. El solsticio ha concluido, el amor mañana lo sabremos…

La Rosa y el Diario

Ella era la única que podría reflejarse en mis ojos. Una palabra, un gesto, una sonrisa furtiva. No solía pedir nada más que un rayo de sol  iluminando su cabello. Ella existía y por esa razón yo también lo sentía posible. Las tardes se pasaban lento esperando el sonido de ese aparato eléctrico que nos permitía comunicarnos. Continúa leyendo La Rosa y el Diario