Narcótico

El cerebro de Diego empezó a dimensionar realidades que el mismo no concebía antes. Sentía como esa persona había influido en él. Una taquicardia intensa le atacaba.

El efecto era claro, su percepción visual de las cosas habían cambiado y  el eco de aquella voz le resonaba en cada una de esquinas de su habitación. Una sonrisa bastaba para empezar una alucinación. La paranoia al encuentro visual le perseguía en su mente. Estaba totalmente desorientado, despersonalizado… Los delirios estaban a la vuelta de la esquina.

Lo que Diego no creyó es que la culpa no era de la persona sino de su psique. Lo descubrió en el instante en que se volvió y encontró otros ojos que le hacían entrar en transe. Fue una total repetición de lo anterior.

Ya con tanto  apetito de por medio, Diego trató de huir y se hizo a un lado. Dejó el camino libre, que ya de por sí estaba en medio de un encuentro inevitable entre las otras dos personas. Esto empeoró el estado de demencia de Diego. Era hora de buscar una solución.

Fue por ello que Diego buscó y se  fumó lo primero que encontró. Era preferible un fármaco a una droga emocional. Así fue que pudo experimentar como su mente se volvía libre de aquellas personas que habían influenciado sus neuronas. Por fin era libre de sentir lo irritable que era verlos. Podía ir y dormir tranquilamente. La ansiedad lo abandonaba. En su mente reinaba la anhedonia. Incluso pudo disfrutar al lado de aquellas personas que tanta confusión le generaban y quería llegar abrazar como si no hubiera un mañana. Aquello sí que era una medicina para las verdaderas drogas que le generaban tanta adicción.

Libre de fantasías y espejismos se hizo paso por un mundo nuevo. Aprendió que a veces,  la mente crea un mundo alternativo donde realmente no encajamos. Un efecto ilusorio… y por si fuera poco, el mundo real conspira para echártelo en cara cada segundo. La solución: Un nuevo mundo.

Un te quiero pasajero

El día pintaba como cualquier otro. Cielo azul; nubes blancas; sol radiante y frío viento.  Ya de noche llegó a su casa, se desató los cordones, se cambió su ropa, se puso en comodidad y dejó su reloj junto a dos contadores en la mesa de dormir. Su amigo acompañante procedió entonces a copiar exactamente la misma rutina.

Absorbidos por el silencio y por lo oscuro de la habitación, se dieron cuenta que no querían dormir en camas separadas. Bastaron quizás solo cinco segundos para que estuvieran cuerpo a cuerpo.  Hubo masajes de manos;  prendas caídas; labios humedecidos y pieles erizadas.

Después de ello, grabadas en su mente, quedaron estas palabras de él:

-Te quiero mucho, te quiero muchísimo.

Procedió a sellar estas con un beso en la boca.

Al otro día al abrir sus ojos vio que era el único cuerpo en la habitación. Acercó sus pantuflas, se puso una bata y se dirigió a la mesita de noche. Se puso su reloj y cogió un contador de la mesa. Giró su manilla y un cuatro cambió rápidamente a un cinco. Lo colocó de nuevo en su lugar  y sujetó el otro. Observó la lectura con sus ojos café y se sintió un tanto triste porque esta no cambió.

Detrás de cada contador había una etiqueta. En uno se leía: “Número de te quieros” y el otro decía “Visitas que pasan de una noche”.

Armonía

Luis, el cantante amateur, había intentado por todos los medios de que su exnovia volviera con él. A Marta, conocida por su amor a la música, le llegaban cada día flores; cartas y paquetes cuidadosamente envueltos. Esos presentes se acumulaban al final del vestíbulo y no pasaban de allí.

Luis nunca supo por qué Marta se alejó tan súbitamente de él pero aún así decidió recuperarla, y sabiendo la debilidad de Marta por la música, tenía un último plan antes de dejarse vencer.

-Si logro posicionar una canción en el número uno que diga lo mucho que la quiero, ella volvería a mí – se dijo a sí mismo.

Así que Luis empezó a escuchar todas las canciones de amor que pudo encontrar. Recolectó todos los “lugares comunes” de dichas letras. Armó sus 4 estrofas perfectas con rima y le agregó una melodía pegajosa.

Para el último lunes de abril aquella canción fue el éxito del momento pero para desgracia de Luis, este no tuvo nunca una respuesta de su amor.

Ese mismo día, Marta salía de su quinta cita con el otorrino. Sostenía un papel en sus manos mientras finas gotas lo humedecían.

En él podía leerse lo siguiente:

“Marta no hemos tratado antes con tal pérdida repentina y total de la audición, lo lamento no podemos sanar su cóclea”.

Decenas de quilates

Érase que se era un muchacho alto y flaco; él era de ojos café como la arcilla más oscura. Su anhelo más codiciando fue tener entre sus manos un diamante tan grande y sobresaliente como el “Montaña de luz”. Aquello era un deseo sin descanso, pues caía la noche y la quimera aparecía incluso en aquella negra y recóndita habitación de sus sueños.

Un día mientras vagaba por el camino del vigor y el temple, en la esquina de la incertidumbre, se le acercó un hombre de apariencia de camarón con “rostro”. Sus pupilas, de un negro color, vislumbraban intenciones de complacer el deseo de aquel flaco y desesperado joven. Con sus dos robustos labios empezó a ofrecerle un simple y admisible trato. — Podrás tener eso que tanto quieres, y estará colgando justamente a la altura de tu pecho, pero no deberás darle una atención desmesurada— dijo el hombre camarón que en ese momento cambiaba de un escarlata a pardo. Sin dudarlo, el joven tomó el diamante y se lo colgó a la altura del pecho

El diamante lograba brillar y como consecuencia, causaba un esplendor en el joven. Para cuando cayó el ocaso y no hubo más rayos de sol, el resplandor ya no era tan evidente. Cegado por la ilusión y queriendo sentir más aquella gema, el joven descolgó el diamante de su cuello y lo tomó entre sus manos queriéndolo acariciar y pensando en no soltarlo jamás. Para cuando el muchacho cayó en la sobre atención que le propiciaba era demasiado tarde. El diamante ya no se encontraba en sus manos, pues se había desvanecido.

Repentinamente empezó a sentir un dolor en su corazón; sentía cómo algo lo desgarraba por dentro lámina a lámina. En su angustia y amargura, aquel muchacho alto y famélico vio cómo de sus ojos caían decenas de quilates; estos no eran sólidos; esta vez en realidad eran líquidos.

Déjà vu

Dentro de tí, detrás de tu sonrisa, se escondían deseos y  mañas cargadas de oscuros pensamientos. Parecías muy amable, como si fuera costumbre vieja, incluso invitaste a la vigorizante y exquisita cerveza cruda. Risas, abrazos y juegos se fundieron a la mesa aquella noche en el bar. Tus ojos firmes estaban puestos en mí, pues estaban vigilantes de otros ajenos que querían ocupar su lugar. No fue sorpresa que sacrificaras la comodidad de tu almohada esa noche. Las cobijas cubrirían todo aquello que una vez fue descubierto y esta vez no sería diferente. Tal como imánes, nuestros cuerpos tentados empezaron a juntarse. Cada pelo erizado reconocía a su otro similar, cada curva, cada valle, cada pista era recorrida por mi memoria como en un déjà vu supremo. Me había prometido olvidarte hace tan solo un par de meses, pero a decir verdad añoraba con ansias esos labios, como quién gusta del picante que duerme su boca y su lengua. Agasajos, adulaciones y piropos estallaban conforme recorría su blanda piel, mientras sin quererlo, mis labios gesticulaban confesiones de cómo había soñado volver a sus brazos. Mis labios se vieron ocupados siguiendo instrucciones de uso, que confundía con sugerencias o con estrictas demandas. Terminé logrando la culminación de tus deseos, el espasmo de tu mente y el clímax de tu ambición. Bastaron tan sólo segundos, para que pocas palabras me hicieran caer en la realidad de la situación: -Quiero dormir, aléjate lo más posible,  no me molestes-.  Sintiéndome como una servilleta, usada y tirada, fui testigo de cómo riachuelos recorrían mi cara en lo que pintaba sería una noche fría y larga. Al amanecer, recuerdo ver su figura partir, entre su cuello, llevaba una marca morada, recuerdo de algún momento de desenfreno que lo acosaría al menos durante unos días … para mi desquite.

La Rosa y el Diario

Ella era la única que podría reflejarse en mis ojos. Una palabra, un gesto, una sonrisa furtiva. No solía pedir nada más que un rayo de sol  iluminando su cabello. Ella existía y por esa razón yo también lo sentía posible. Las tardes se pasaban lento esperando el sonido de ese aparato eléctrico que nos permitía comunicarnos. Continúa leyendo La Rosa y el Diario

La innombrable

Hoy le di mi primer mordisco,  probé por primera vez su sabor. Ella al parecer, ya venía con su propio nombre, ese mismo que la caracterizaba pero el cual por ser nuestro primer acercamiento me pareció irrelevante. Su forma por otra parte, es realmente perfecta.

Para ser nuestra primera vez, no logro sentirla tan profunda. Quizá deba probarla aún más, porque al fin y al cabo, yo la elegí. Sé que mucha gente lo ha hecho antes que yo, sin embargo nunca imaginé probar una de su tipo.

Su sabor no está mal, debo admitirlo, de pronto empieza a gustarme. Es más debo agregar que no puedo dejar de probarla pues atrae mi paladar. Mordisco a mordisco la deseo constantemente, pues me gusta esta nueva adicción.

Después de un tiempo, que al parecer fue algo efímero, las cosas están llegando a su final. Nuestra relación termina en un abrir y cerrar de ojos. Algo de esto me parece conocido, al parecer esta historia me parece familiar. Esta fruta no debería llamarse pera, debería llamarse como ella.