Un te quiero pasajero

El día pintaba como cualquier otro. Cielo azul; nubes blancas; sol radiante y frío viento.  Ya de noche llegó a su casa, se desató los cordones, se cambió su ropa, se puso en comodidad y dejó su reloj junto a dos contadores en la mesa de dormir. Su amigo acompañante procedió entonces a copiar exactamente la misma rutina.

Absorbidos por el silencio y por lo oscuro de la habitación, se dieron cuenta que no querían dormir en camas separadas. Bastaron quizás solo cinco segundos para que estuvieran cuerpo a cuerpo.  Hubo masajes de manos;  prendas caídas; labios humedecidos y pieles erizadas.

Después de ello, grabadas en su mente, quedaron estas palabras de él:

-Te quiero mucho, te quiero muchísimo.

Procedió a sellar estas con un beso en la boca.

Al otro día al abrir sus ojos vio que era el único cuerpo en la habitación. Acercó sus pantuflas, se puso una bata y se dirigió a la mesita de noche. Se puso su reloj y cogió un contador de la mesa. Giró su manilla y un cuatro cambió rápidamente a un cinco. Lo colocó de nuevo en su lugar  y sujetó el otro. Observó la lectura con sus ojos café y se sintió un tanto triste porque esta no cambió.

Detrás de cada contador había una etiqueta. En uno se leía: “Número de te quieros” y el otro decía “Visitas que pasan de una noche”.